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El Viejo Topo
Enero-2006
1. En Pekín, o Beijing, llama la atención la modernidad de la
ciudad. También en Shanghai. Visitar hoy esas ciudades, tras una ausencia
de una década, las hace casi irreconocibles. Son, además, gigantescas.
Pero todo el país lo es: para un europeo, las dimensiones de China confunden.
No hay que olvidar que la población de China es hoy, aproximadamente,
lo que era la de todo el mundo a inicios del siglo XX. China cuenta con una brillante civilización:
la gran muralla, el gran canal, la ciudad prohibida, su refinada cultura, el
vigor y la experiencia de sus campesinos que inventaron e interpretaron la vida,
los inventos que cambiaron el planeta, son muestras de una realidad que Occidente
sigue entendiendo mal y mira, desde lejos, con miedo y con codicia. Porque ese
Occidente capitalista sigue creyéndose el centro de la humanidad, aunque
su tiempo ya haya pasado. Así, es revelador que, en Europa o Estados
Unidos, se siga denominando como Everest a la montaña más alta
del mundo, cuando, en realidad, se llama Qomolangma, como la nombran chinos
y nepalíes. Los chinos, mucho antes de que a Occidente se le ocurriese bautizar ese pico como Everest, ya lo habían situado sobre
sus mapas: hace casi trescientos años.
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