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El patio de Gramsci PDF Imprimir Trametre a un amic
dimecres, 26 abril de 2006
(Gregorio Morán, "Sabatinas intempestivas"
La Vanguardia, Sábado 22 de Abril de 2006)

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LO AUTÓCTONO, lo singular, no le interesaron -a Gramsci-
nunca demasiado salvo como elemento de una reflexión de
más amplios vuelos

HABÍA ASUMIDO que un dirigente no puede desaparecer de la
colectividad castigada cuando los demás están más
indefensos que él
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Ghilarza, en Cerdeña, es uno de esos burgos retirados de la
circulación, discreto, arracimado, de los que no llegan a cinco
mil habitantes y donde se respira un aire a antigüedad. No es
la vejez, entiéndase; es el discreto aroma que aún desprenden
las cosas antiguas. Quizá incluso Gramsci sea una cosa antigua,
es probable, pero no me cabe duda de que no tiene nada de
viejo. Antonio Gramsci no nació aquí, sino en otro pueblo sardo
aún más pequeño y más retirado, Alés, pero como su familia hubo
de trasladarse pronto a Ghilarza, allí es donde vivirá durante
mucho tiempo, en la vieja casa familiar que en los años sesenta
y tras muchos vericuetos, convirtieron en Casa Museo.

Después de toda el agua y toda la mierda que ha pasado bajo el
puente de la historia y de nuestra vida, ¿cómo podríamos
explicar hoy a toda esa otra humanidad que jamás en su vida ha
oído hablar de Gramsci, así a secas, quién fue Antonio Gramsci?
Porque decir Gramsci, así a secas, fue durante una década un
ejercicio de identificación de la izquierda cultural en España
y muy en concreto en Catalunya. Los dos introductores más
notorios de Antonio Gramsci entre nosotros serían Manolo
Sacristán y Jordi Solé-Tura, y lo hicieron desde Barcelona.
Pero bastaría un leve acercamiento a la realidad librera y nos
encontraríamos con que lo más probable es que no exista
posibilidad alguna de comprar algún libro de o sobre Gramsci,
porque todo está descatalogado, porque todo es antiguo,
digámoslo así, y de encontrar algo no lo hallaríamos salvo en
una librería de viejo. ¿Y en las bibliotecas domésticas?
¿Seguirán ahí los libros de Gramsci o se habrán perdido en el
último traslado?

Lo hubiera podido decir el propio Gramsci: la izquierda de hoy
está hegemonizada por ciclistas voluntariosos y exégetas de la
montera picona, y no es probable que el mundo gramsciano les
tiente absolutamente nada.

A Gramsci, lo autóctono, lo singular, lo peculiar, no le
interesó nunca demasiado salvo como elemento de una reflexión
de más amplios vuelos. Hay en su obra reflexiones sobre la
cultura nacional-popular, pero dentro de un contexto alejado de
pretensiones identitarias. De madre sarda y sardo él, en sus
centenares de páginas escritas en la cárcel apenas si aparecen
una docena de referencias a Cerdeña y al mundo y la cultura
sarda.

Recuerdo una carta que envía a su hermana Teresina desde la
Universidad de Turín, en la que pregunta sobre determinadas
expresiones en lengua sarda, que él apenas conocía, pero que le
interesaban mucho a uno de sus íntimos amigos, que ejercía de
filólogo. En sus recuerdos de infancia rememora la ventaja que
tuvo sobre sus compañeros de escuela en Ghilarza, que apenas si
conocían el italiano. Lo sardo formaba parte de su educación,
de sus raíces, incluso de su manera de ser por hábitos y
querencias; es significativo que entre sus últimos deseos, que
como casi todos los que tuvo no pudo cumplirse, estaba el de
retirarse a vivir los últimos días a una pequeña y muy peculiar
población sarda, Santu Lussurgiu. Pero su fuste era muy otro,
porque Gramsci era un intelectual y un revolucionario.

Aquí tenemos ya la primera vía para adentrarnos en el
personaje, porque hemos de romper una retahila de tópicos según
los cuales, para la conciencia de un hombre medio y más si es
joven, un revolucionario se mueve entre dos iconos
contemporáneos, el Che Guevara y los Rolling Stones. Todo
aquello que esté fuera de esos dos polos del medidor de
frecuencias revolucionarias está caducado. Difícil de utilizar
ese baremo para este caso.

Antonio Gramsci nace con una deformación congénita; es enano y
chepudo y amén de contrahecho debe usar gafas de culo de vaso y
no perder ni un momento entre estudiar y ganarse algunos duros
porque es demasiado pobre para saltar a la universidad con la
única ayuda de su familia, y eso constituye otra enfermedad que
no se cura con medicamentos sino con tesón. Si tuviera que
destacar un aspecto fundamental del pensamiento de Gramsci,
como persona y como revolucionario, es el papel que juega la
voluntad. Y cuando digo voluntad me refiero al esfuerzo de
querer, de ambicionar, de formarse, de pelear, de vencer las
dificultades personales y políticas que tuvo durante sus 46
años de vida. Esto es tan evidente que en uno de sus artículos
más valientes y agudos valoraba la revolución rusa de 1917 como
una rebelión contra El Capital de Marx, lo que escandalizaría a
toda la escolástica estaliniana que fructificaría luego. ¿Dónde
estarán hoy los althusserianos que sonreían con displicencia
ante el valor intelectual y ético de la voluntad de Gramsci, y
se derretían ante el rigor mortis del dogma, antes de que
Althusser se convirtiera en un asesino? La pregunta es
retórica, porque uno sabe perfectamente dónde están.

En Antonio Gramsci, como intelectual y como individuo, hay dos
rasgos que lo convierten en algo insólito para los tiempos que
corren: el rigor y la coherencia. Estudiante primero en el
liceo de Cagliari, luego en la Universidad de Turín, donde se
convertirá en socialista radical, para quien las luchas
sociales y la colaboración con el movimiento obrero
significarán el compromiso político, la creación de un partido
que, tras la revolución rusa de octubre de 1917, no podrá ser
otra cosa que el comunista. Gramsci no dejará en ningún momento
de ser fiel a esos dos elementos de rigor y coherencia, sumados
a esa voluntad indomable de quien no ha tenido en su vida ni un
solo gramo de algo que no haya conseguido con su esfuerzo. Su
elección como diputado, la irresistible ascensión de Mussolini
a partir de 1923, le llevarán a la cárcel cuando el fascismo se
desenmascare y se salte la inmunidad parlamentaria, asesinando
a Matteoti y metiendo en prisión al conjunto de la oposición.

Es curioso y olvidado que una de las mayores críticas que
recibiría Gramsci póstumamente es no haberse escondido cuando
Mussolini inició la represión. Tenía asumido que un dirigente
no puede desaparecer de la colectividad castigada cuando los
demás están más indefensos que él. En la tradición de la
escolástica estaliniana a esto se lo llamaba
subjetivismo,porque un líder ha de estar por encima del
sufrimiento de las masas.

Pagará por todo. Por Mussolini, que lo tendrá en prisión hasta
que lo suelte ya herido de muerte y lo mantenga en el hospital
de Quisisana en condición de libre vigilado,es decir, con dos
guardias. Por Stalin, porque padecerá en la cárcel la crisis
del comunismo y las depuraciones criminales, y tratará en todo
momento de ser fiel al rigor y la coherencia que fueron el eje
de su vida. Eso le costará aislamiento, ataques y desprecios,
sin contar lo que significaría el abandono de su mujer, Giulia
Schucht, una rusa de familia muy vinculada a Italia y con la
que tendría dos hijos, a los que apenas si conocerá gracias a
la doble colaboración de Mussolini de un lado y de Stalin de
otro. Terrible vida la de Gramsci y sorprendente el ejercicio
de entusiasmo que transmite su voluntad a la hora de analizarlo
todo; la cultura y la política, las clases sociales y la
historia. Sus inmensos Cuadernos de la cárcel quedarán como un
doble testimonio de talento y de voluntad que a mí al menos me
evocan siempre la figura de Giordano Bruno, el pensador hereje
al que la izquierda italiana homenajeó desde sus inicios hasta
el punto de ser un referente frente al doble poder del Dogma y
del Dinero. Por eso ahora, cuando ya Gramsci es algo antiguo,
cuando han caído todos los ídolos de un tiempo funesto y apenas
si queda en la memoria el recuerdo de algo tan infrecuente como
el rigor y la coherencia, por eso tenía interés en visitar la
vieja casa museo de Gramsci.

No había nadie fuera de una amable chica que hacía las veces de
guía. Una modesta casa en la calle principal, que debió ser la
arteria en vida del joven Antonio, y desde cuyo balcón puede
verse la cúpula de la iglesia parroquial de María Inmaculada.
Eso debía ser Ghilarza hacia comienzos del siglo XX.

Desde una casa vecina, un piano derrochaba escalas y arpegios
dando al ambiente de aquella visita un aire de otro tiempo,
pero sin melancolía ni viejas añoranzas, algo así como quien
visita el lugar desconocido de alguien al que quiso mucho y que
tiene interés por ver qué queda de la irresistible voluntad,
ahora que hasta a lo grandioso se le ve la tramoya de la
estafa.

Me impresionó el patio. Un sencillo patio trasero, encogido
entre la casa de dos plantas y una vieja cabañita donde otrora
hubo horno de pan y apero de herramientas. Unos metros apenas
de piedra de basalto como suelo y unas orillas donde habrán de
florecer con el verano un puñado de hortensias veteadas de
verdes marialuisas. Un tono de sobriedad tan humilde y tan
digno que podría uno sacar una silla y ponerse a leer cualquier
cosa escrita de manera muy natural, para que no desentonara; un
sufriente canto de Leopardi o algún verso más lejano en el
espacio que en el tiempo, para que no dijeran que nos conmueve
el localismo o la patria o la vecindad del lenguaje, por
ejemplo de Emily Dickinson, que de seguro hubiera agradecido no
sin rubor el propio Gramsci:

"Que personas como éstas hayan muerto nos permite morir
con mayor paz; que hayan vivido es una garantía
de la Inmortalidad."
 
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