Advertisement
Venezuela: la utopía solidaria como proyecto económico posible PDF Imprimir Trametre a un amic
dilluns, 22 maig de 2006
Prof. Jesús Peña Cedillo
Universidad Simón Bolívar
Caracas - Venezuela
Marzo 2006

La Revolución Bolivariana, que desde 1999 se despliega en Venezuela, ha sido blanco permanente de campañas de desinformación que intentan ocultar sus titánicos esfuerzos por construir un modelo de sociedad radicalmente distinto al impulsado desde los grandes centros de poder mundial.

Las campañas de demonización y desinformación cuentan en todo el planeta con un músculo mediático poderosísimo, capaz de repetir ad nauseam todo lo que tergiverse lo que desde Venezuela se proyecta. Por ello, no es extraño conseguir a diario en los grandes medios de comunicación expresiones que descalifican el proceso venezolano, bien sea en política (¡una dictadura!, a pesar de haberse refrendado en más de diez elecciones vigiladas internacionalmente) o bien por su devenir económico (¡un desastre!, cuando en realidad es hoy por hoy la economía más pujante del sub-continente, con uno de los mayores crecimientos promedio del Producto Interno Bruto en el mundo desde mediados del 2003 al presente, muy por encima de Chile, México o El Salvador, puntas de lanza del neoliberalismo en Latinoamérica). Y no es para menos tanto deseo de ocultar. En sus apenas siete años de vida, la revolución venezolana ha adelantado un cúmulo de iniciativas en el plano económico, político y social, con el que enfrenta directamente la pretensión de los grandes capitostes del planeta de erigir los mercados, el capital y la democracia representativa como los valores universales más sagrados. Tal es el signo de lo que desde Venezuela se impulsa, tal la radicalidad de sus planteamientos.

Uno de los espacios en que más duele lo que se está logrando es la economía; terreno en el que la estrategia bolivariana está aportando nuevas maneras de actuar, con muy sonoros éxitos, incluyendo el incipiente pero ya destacado despliegue del ALBA (Alternativa Bolivariana para América) como expresión internacional de la utopía económica que se implementa internamente.

En efecto, la propuesta bolivariana desenmascara y enfrenta las supuestas ‘leyes inexorables de la economía’, a partir de las cuales los neoliberales dictaminan lo que es viable y lo que no lo es, siempre –por supuesto- para su mejor provecho. Pero los resultados de la economía venezolana –particularmente la no petrolera- están resultando tan notoriamente exitosos (bien sea que nos guiemos por los indicadores económicos tradicionales o que prefiramos observar su impacto sobre el mejoramiento de la calidad de vida de las mayorías), que su estela ya se está colando y propagando al resto de las economías del continente.

En contraste con los enfoques económicos difundidos por décadas en América Latina, para los cuales la preocupación preeminente es la competitividad y el ‘libre comercio’, el gobierno venezolano ha estado desplegando su estrategia de cambio alrededor de otro tipo de preocupaciones. La fundamental de ellas ha sido el someter las acciones económicas a las prioridades de desarrollo social que los pueblos exigen.

Esto ha implicado, por ejemplo, abandonar la idea tramposa de que los sectores populares deben ‘apretarse el cinturón’ durante algunos años mientras los paquetes económicos neoliberales hacen crecer la economía, porque ‘luego’ vendrá el momento de la distribución de las riquezas generadas; falacia tantas veces comprada e igual número de veces fracasada en Latinoamérica.

Si bien Venezuela continúa bajo un régimen económico esencialmente capitalista y no está planteado en el corto plazo un cambio sustantivo en el sistema de propiedad imperante, se encuentra por primera vez en su historia con políticas públicas que rompen con la tradición económica centrada en el mercado y la acción privada. Se entiende en la política económica bolivariana que debe dársele prioridad a la atención intensiva de las necesidades inmediatas de gruesos sectores de la población largamente preteridos; al mismo tiempo que se procede a construir una estructura económica distinta a la que se sustenta en los mecanismos de mercado; una que, por el contrario, priorice el ser humano, la cooperación, el aprendizaje colectivo y la innovación.

Sin duda, la transformación económica se ha estado dando en Venezuela de manera compleja y no lineal. Un observador superficial pudiera pensar que luego de siete años de gobierno los procesos auspiciados deberían ya estar perfectamente claros y los avances logrados ser fácilmente reconocibles. Pero tal perspectiva solo demostraría un desconocimiento cabal del pesado lastre que todavía se arrastra de la economía heredada y de la muy intensa realidad de confrontación social y política vivida por la sociedad venezolana durante los últimos años (y que sigue viva por la agresión y el intervencionismo permanente de los Estados Unidos y sus acólitos).

En particular, la dependencia del petróleo como principal actividad exportadora sigue siendo un rasgo estructural de la economía venezolana; pero es igualmente cierto que en los últimos tres años ha sido la economía no asociada al petróleo la que ha establecido el ritmo de crecimiento de los grandes agregados económicos. Como muestra de ello, el Producto Interno Bruto del país ha crecido más del 9% el último trimestre del 2003, más del 17% en 2004, más de 9% en 2005 y el ritmo actual indica que crecerá más del 7% en 2006; todas ellas cifras extraordinarias incluso más allá de América Latina. Jamás en su historia –ni siquiera cuando la locomotora petrolera funcionó a profundidad en la década de los años setenta- la economía venezolana había tenido tal desempeño continuado.

Para mayor escándalo, sépase que en Venezuela –luego del golpe y sabotaje petrolero del 2002-está controlado el cambio de monedas extranjeras, se están expropiando para uso colectivo las tierras ociosas, están penalizados los despidos de trabajadores y todos los años se han incrementado los salarios más que el índice inflacionario del año previo. Todo ello herejía de la más odiada por los más prestigiosos economistas ortodoxos, los mismos que hundieron el sub-continente durante los años ochenta y noventa.

Estratégicamente, la apuesta de la revolución bolivariana es la liquidación de la sempiterna pobreza e inequidad que han caracterizado la sociedad venezolana, a partir del desarrollo de valores y mecanismos que combinan las tradiciones de trabajo colectivo presentes en sectores importantes de la población, con los nuevos esquemas de relaciones en red. Estas redes, centradas en el aprovechamiento y desarrollo de un territorio, incorporan y entrelazan los esfuerzos cooperativos de los pobladores de las zonas involucradas, las capacidades de conocimiento científico de las instituciones académicas de todo el país, la experticia técnica y las posibilidades de financiamiento presentes en diversos organismos del Estado, y el soporte socio-político y administrativo local. Se trata de colocar en estadios superiores de eficiencia y efectividad la vocación productiva de los pobladores, en estrecha relación con la acción del gobierno central y local, colocando el acento en el mejoramiento de su calidad de vida.

En ese sentido, los núcleos productivos comunitarios que propician el desarrollo endógeno paulatinamente han estado consolidando cadenas completas de producción sustentadas en la acción cooperativa y la innovación, fuera del espacio controlado por el empresariado privado tradicional. Junto a estas cadenas productivas, se están dando procesos que permiten rescatar para el control de los trabajadores las empresas quebradas por los privados, se han multiplicado las fuentes de financiamiento solidario a los sectores más desatendidos de la sociedad y se ha construido un sistema mixto de distribución (estatal y cooperativo) que coloca en manos del pueblo miles de productos sin la intervención de comerciantes inescrupulosos. El éxito de esta última iniciativa es tal que, hoy en día, es el circuito de consumo preferido por más de dos tercios de la población del país, desplazando y poniendo en jaque a los esquemas de comercialización del ‘libre mercado’.

Esta manera de actuar está fuertemente centrada en el aprovechamiento del aprendizaje colectivo y otras formas de asociatividad. Ha requerido, por tanto, de una fuerte dosis de confianza y acción cooperativa: vale decir, se ha hecho necesario funcionar en redes de cooperación permanentes o no, basadas en la confianza social, capaces de operar en contextos de reciprocidad difusa, más allá de las relaciones familiares o amistosas.

El reconocimiento de esta relación positiva entre cooperación, innovación y desarrollo social, es una de las marcas distintivas de los nuevos procesos que están siendo auspiciados en el terreno de la economía venezolana, marcando una diferencia importante con los esquemas meramente re-distributivos o asistencialistas, ya que la innovación le agrega componentes sustantivos de creatividad, productividad y sustentabilidad a todas las iniciativas.

Se trata, en fin, de un proyecto alternativo de desarrollo en el campo económico y social, con el que se busca dar respuesta a las demandas de los sectores excluidos, en un contexto en que los aparatos tradicionales no están capacitados o no están en disposición de hacerlo. Nos encontramos ante una iniciativa de transformación que no es simplemente una acción defensiva o meramente correctiva ante un modelo de desarrollo inadecuado, sino que se trata de la construcción de un modelo que debe demostrar su superioridad productiva, de equidad y de mejoramiento de calidad de vida. No se trata de adaptarse y retirarse a los recodos del sistema dominante, se trata de cuestionar y generar una alternativa viable que termine sustituyéndolo o derribándolo.

El éxito de esa heterodoxia económica bolivariana, a pesar de todas las campañas en contra, ya se proyecta por toda Latinoamérica y el Caribe, y con ello se van abriendo los ojos, esclareciendo las mentes y calentando los corazones; convirtiéndose así en una de las más potentes herramientas que el movimiento popular está desarrollando para acabar con el mito del mercado como el único y mejor medio para enfrentarse con fenómenos tan penosos para la mayor parte de la humanidad como lo son la pobreza, la explotación, el desempleo y el subdesarrollo.

No nos encontramos ante ningún modelo acabado ni en la teoría ni en la práctica, las posibilidades de frustración o retroceso están a la vista y errores muchos se han cometido; pero como decía Hobsbawm: “si la humanidad ha de tener un futuro, no será prolongando el pasado o el presente. Si intentamos construir el tercer milenio sobre estas bases, fracasaremos. Y el precio del fracaso, esto es, la alternativa a una sociedad transformada, es la oscuridad”.

 
< Anterior   Següent >