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Reflexiones sobre la economía del bienestar y la globalización |
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divendres, 16 juny de 2006 |
Dr. Fernando G. Jaén Coll
Profesor Titular Universitat de Vic
¿Acaso no es razonable desear mantener el bienestar adquirido durante los treinta Gloriosos en las economías occidentales? No esperaríamos otra respuesta que la afirmativa, en principio. Sin embargo, los poderosos han logrado inocular el virus narcisista entre los jóvenes y los no tan jóvenes −el proceso ha requerido su tiempo−, aletargando y casi aniquilando sus defensas intelectuales. La degradación informativa y la eliminación del juicio crítico frente a un supuesto conocimiento concreto −difícilmente alcanzable si no lo reflejamos en el espejo crítico−, han propiciado la aceptación del desmantelamiento progresivo del sector público y de las ventajas sociales que comportaba. En algunos casos, el abuso ha servido de justificante y no sin razón; mientras que en otros casos ha bastado la ilusión de la mayor eficiencia de la gestión privada frente a la pública, si bien no existe nítida frontera entre una y otra cuando los políticos se valen de las fórmulas apropiadas (empezaron por ser empresas públicas de gestión al margen de los interventores públicos, pasaron por formas consorciales público-privadas y acaban en empresas privadas para lo que produce beneficio con regalía de algún cargo directivo nombrado a dedo por algún político, incluso cuando unos y otros carecen de la formación adecuada para la gestión empresarial).
Ha requerido su tiempo el convencer a la colectividad de la mayor ventaja del mercado para respetar la soberanía del consumidor (recuérdese lo dicho en su último libro por el economista americano muerto recientemente, John Kenneth Galbraith. “La creencia en una economía de mercado en la que el consumidor es soberano es uno de los mayores fraudes de nuestra época. La verdad es que nadie intenta vender nada sin procurar también dirigir y controlar la respuesta.”La economía del fraude inocente, Crítica, S. L. Barcelona, 2004, p. 32). Déjeseme tomar la referencia española, la que mejor conozco; respecto de ella son válidos a mi entender los momentos que señalo; a saber: En un primer momento, allá por los setenta, los empresarios hubieron de esforzarse en compensar su pésima imagen social, acompasándose a los cambios políticos y sociales, mostraban una faz democrática, su aquiescencia a los nuevos tiempos que se anunciaban. En un momento posterior, aunque solapadamente, construían las asociaciones que deberían servirles para progresar en su influencia sobre las maneras de enfocar los asuntos de interés empresarial. El paso siguiente fue ganar la influencia directa sobre los partidos políticos supuestamente defensores de los intereses de los trabajadores, de los desfavorecidos por la riqueza inicial o simplemente de los pobres, hasta alcanzar la “homologación” con los países acostumbrados a la democracia y el bienestar. Ahora corresponde señalar la prescindencia de esos partidos si no son capaces de entender que deben evolucionar hacia un liberalismo económico sin libertad de pensamiento (algunos, como el Sr. Cuevas, ha querido eliminarla incluso en el seno de la CEOE, insultando y marginando a su confederada catalana, Fomento).
El modelo de la economía del bienestar, reducido a su mínima expresión, se basa en el crecimiento económico −aumentar la tarta a lo largo del tiempo− y en mantener el enfrentamiento en el ámbito de la distribución de la renta, procurando unos y otros, empresarios y trabajadores, un reparto ventajoso −que la porción de la tarta sea mayor para unos u otros−. El presupuesto público con sus medidas fiscales y el gasto social −y no sólo social−, junto con la pérdida de capacidad adquisitiva era por lo que había que batirse, dejando para casos extremos las huelgas. Ni que decir tiene que el conocimiento técnico y económico se ponía del lado de quien mejor pagaba, salvo honrosas excepciones que desgraciadamente no son fáciles de identificar.
Y en eso que llegó la globalización, un precipitado de circunstancias acumuladas desde inicios de los noventa, que tienen mucho que ver con el cambio técnico y con la reorganización de las actividades de las empresas (para mayor concreción puede verse mi contribución “Les petites i mitjanes empreses davant de la globalització”, Capítol 3 de Les PIME a Catalunya, VV. AA., Pòrtic, Barcelona, 2002). Cambiaron las oportunidades que se les presentaban a estas, sobre todo a las grandes, pero también a las medianas, y muy particularmente a las industriales, por los posibles beneficios de situar sus centros productivos en países con bajos costes (de todo tipo: salarial, medioambiental e inversor; aunque se suela señalar el salarial como causante principal).Con la globalización, se produce una ruptura mayor en el centro neurálgico de la economía del bienestar: los estados nacionales tienen que resolver la cuestión fatídica de las elecciones democráticas nacionales en un contexto en que pierden progresiva y paulatinamente el contrapeso del poder indirecto sobre la riqueza de las empresas del país, la que le permitía otorgar contraprestaciones económicas a los trabajadores asalariados, a pensionistas y funcionarios. La lógica económica conduce al empobrecimiento de su población, no así al de las empresas globalizadas, al contrario. ¿Cómo logrará el político y el aparato que le sigue contentar a la población votante con mensajes de empobrecimiento?
Las nuevas circunstancias presionan sobre la economía del bienestar de los países occidentales. Las empresas aprovechan y se lanzan al asalto de la tarta con la pretensión de agrandar su porción −siempre velando, además, por la continuidad en el crecimiento de la tarta; de ahí la obsesión por la innovación y por aumentar el consumo−. No faltan argumentos ni doctrina, aunque superficialmente presentados. Ventajas fiscales, de un lado, y reducción del gasto social, del otro, recetan sus voceros a beneficio de parte, siempre resaltando su imprescindencia colectiva. Reducir el Impuesto sobre la Renta y que aumente el Impuesto sobre el valor añadido (IVA), un impuesto indirecto que grava el consumo como contrapartida, que a fin de cuentas los ricos consumen más, se dirá, sin pararse a pensar en el IVA que se descuentan los empresarios en parte de sus consumos personales debidamente canalizados a través de las empresas. Se privatiza el gasto social de servicios a la colectividad, por mor de una eficiencia meramente declarativa, que no se demuestra −la reducción en la calidad del servicio es casi inmediata, el aumento de precios aguarda−, ensanchando las oportunidades de negocio de las empresas en mercados cautivos, lo cual no resulta muy liberal.
Hay mucho gasto superfluo en las sociedades ricas, y lo hay tanto público como privado. Un par de ejemplos: ¿Por qué debemos pagar los ciudadanos de Barcelona un costoso edificio de oficinas de una empresa suministradora de agua a la ciudad en régimen de monopolio, si a nosotros sólo nos interesara beber agua de calidad y disponer de suministro bastante? No es una asignación de recursos propia de una economía libre; tampoco es propia de la economía del bienestar. Al ciudadano se le entretiene con el decorado, con su valor estético en este caso. ¿Por qué nos quieren convencer de la virtud liberal de disponer de menos médicos y de que tengan menos tiempo para pasar consulta a los enfermos quienes se procuran más de lo uno y de lo otro aprovechando el puente que hay entre la sanidad pública y la privada y que pueden pagar el suplemento, reduciéndose así el precio que correspondería en caso de que sólo hubiera medicina privada? Pasó de moda el análisis coste-beneficio social, también para aquellos que se reclaman de “lo social”, que prefieren repartir macetitas con flores o salir en las revistas del corazón (en esto los socialistas franceses hacen el mayor de los ridículos con su precandidata Ségolène Royal (conste que el apellido se las trae para una socialista y da qué pensar si no será una prémonition, recuérdese aquí la receta de cocina de la liebre a la Royal).
Hará bien la colectividad, los individuos que la componen y el ambiente social envolvente, en rearmarse con el conocimiento concreto (el Primer ministro francés, Dominique de Villepin, atrapado por los escándalos y por su ambición, pedía a sus correligionarios, en la clausura de un acto organizado bajo el lema “Reforma y modernidad, que dejaran de lado los grandes temas, los debates teóricos, y privilegiar la acción frente a la ideología, en noticia facilitada por Reuters el 06/06/2006), pero un conocimiento crítico (no pedía esto Villepin), capaz de poner en cuestión las falacias con las que los poderosos quieren convencer de la bondad de sus acciones y propuestas a la mayoría. A falta de ese esfuerzo, los que lo tienen más fácil poco podrán exigir, pues ni argumentos tendrán.
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