|
dimecres, 16 agost de 2006 |
Micifuz
Como dice Hobbes y, con él, todos los pensadores que hasta la Revolución Francesa se consagraron a justificar la necesidad de que existiera un poder que dominara a los seres humanos, en el estado llamado “de naturaleza” prevalecen dos sentimientos por encima de cualesquiera otros: greed and fear, la codicia y el miedo.
Ahora bien, desde Marx sabemos (los que hemos querido enterarnos, que por desgracia no somos demasiados) que el pretendido estado “de naturaleza” es en realidad el resultado de una determinada y contingente (es decir, no inevitable) evolución social: la que ha ido dividiendo los grupos humanos en clases sociales al compás de la división del trabajo. Ésta respondía ciertamente a una necesidad: la de superar las limitaciones del entorno natural mediante una organización que multiplicara las fuerzas de unos individuos que, aislados, no habrían podido asegurarse la supervivencia.
Pero esa organización ha ido más allá de lo que era funcional para dominar la naturaleza y ha acabado dominando a los propios seres humanos. Resultado de ello ha sido que unas pulsiones básicas que sin duda existen en nuestra psique, pero que en principio no van dirigidas a nada determinado, se hayan polarizado en forma de temor a los semejantes y apetencia de sus bienes.
Pues bien, el mantenimiento del dominio en cuestión tiene sus más firmes pilares en esas fijaciones socialmente morbosas, por él mismo creadas, que llamamos miedo y codicia. De fomentar la codicia se encargan metódica e incansablemente las empresas capitalistas con su maquinaria de promoción del consumo. De fomentar el miedo se suelen ocupar directamente los gobiernos, con el concurso de los medios de comunicación, creando la psicosis de eso que llaman “inseguridad”. En aras de su opuesto, la seguridad a ultranza, se cercenan poco a poco las escasas libertades reales, entre ellas la de movimiento. Y por supuesto, se restringe cada vez más la única forma de seguridad claramente definida y acotada: la seguridad jurídica.
Viene todo esto a cuento del enésimo episodio de histeria antiterrorista, que nos ha tocado vivir este mes de agosto (¡qué lejos quedan las famosas “serpientes de verano” con que se entretenía a la audiencia de los medios en una época en la que no pasaba nada o casi nada!).
Según la policía británica, un comando de islamistas radicales “estaba a punto” de provocar una matanza de proporciones semejantes a la de las torres gemelas por el procedimiento de detonar explosivos en varios aviones en ruta desde el Reino Unido a los Estados Unidos. Como primera medida, además de detener a un número incierto de sospechosos, las autoridades bloquearon prácticamente el tráfico aéreo con salida y destino en las Islas Británicas, perturbando de paso la casi totalidad de las comunicaciones europeas y provocando una nueva oleada de histeria en los controles de los aeropuertos de medio mundo.
El colapso fue (y, en parte, sigue siendo) monumental. Pero esta vez los medios de comunicación no parecen demasiado interesados en transmitir el enfado de los pasajeros frustrados (¿para cuándo los editoriales de La Vanguardia y El País exigiendo que semejante desaguisado no quede “impune”?). Es que, señores míos, se trata de “nuestra seguridad”. En otras palabras, se trata de que sintamos miedo frente a una amenaza ubicua y recurrente que nos haga aceptar mansamente las medidas con las que se nos convierte en meros súbditos del Imperio Empresarial Mundial.
Porque vamos a suponer que realmente se ha detectado la existencia de la trama británico-islámica (como no se cansan de señalar los medios, los presuntos terroristas son todos o casi todos ciudadanos del Reino Unido). Si, como también se dice, la investigación sigue abierta, ¿qué sentido tiene levantar la liebre de esa manera, alertando a los presuntos terroristas aún no detenidos? Y ¿qué sentido tiene montar un despliegue militar como el que se ha marcado el Gobierno del inefable Blair si los sospechosos están ya a buen recaudo?
Todo eso sólo tiene un sentido claro, y es el que adelantamos más arriba: meternos el miedo en el cuerpo para que sigamos marcialmente a nuestros líderes en la “guerra mundial contra el terrorismo”. En las grandes ocasiones y en las pequeñas. Por ejemplo, así se consigue que, cuando una alcaldesa autoritaria (hoy consellera de Maragall) acuse de terrorismo a los vecinos que la abuchean y forcejean con la policía municipal en la inauguración de una plaza de diseño donde debería ir un parque, la imagen de los acusados aparezca con los peores tintes y los que no están al corriente de los hechos se aparten de ellos como de apestados.
Estas operaciones mediáticas serán cada vez más frecuentes, ya lo verán ustedes. Sobre todo a medida que el rechazo de la política occidental en Oriente Medio vaya en aumento, como ha demostrado la reacción popular ante la brutal agresión israelí contra el Líbano y la complicidad, activa o pasiva, de los gobiernos “democráticos” (¿es casualidad que una trama que la policía dice venir investigando desde hacía un año se destape precisamente ahora que Hizbullah parece haberse convertido en ídolo popular de todos los musulmanes y se ha granjeado la admiración y el respeto de muchos antimperialistas occidentales?). Pero la finalidad principal —no nos engañemos— dista de ser el control absoluto de la mayor región petrolera del mundo (aunque también es un objetivo de primer orden), sino lograr la sumisión de las poblaciones occidentales por el procedimiento de convertirlas en un rebaño de ovejas asustadas e histéricas. |