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Nubes (de muerte) sobre Palestina PDF Imprimir Trametre a un amic
dilluns, 15 gener de 2007

Higinio Polo 

La operación Nubes de otoño que lanzó el ejército israelí el pasado noviembre en Gaza, tuvo en Beit Hanun su sangrienta culminación. No será la última atrocidad israelí. De la matanza de Qana a la de Beit Hanun, o desde la masacre de Deir Yasín en 1948 la muerte sigue marcando a fuego la memoria palestina. Tras una semana de duros ataques del ejército israelí, los cuarenta mil habitantes de Beit Hanun miraban con desesperación las consecuencias de la operación de castigo: centenares de casas derribadas por los bulldozers o destruidas por los bombardeos; calles reventadas cubiertas por las aguas sucias de las cloacas; instalaciones eléctricas y telefónicas arrasadas, y casi trescientos heridos y más de dos mil detenidos, junto a los sesenta y tres palestinos muertos bajo esas Nubes de otoño, la mayoría de ellos ancianos, mujeres y niños; casi todos, civiles. La venganza de Israel no aplastó sólo el norte de Gaza: también en Cisjordania los palestinos padecieron bombardeos y muerte. Una vez más, Israel horrorizaba al mundo. La emoción mundial que causó la matanza de diecinueve civiles, miembros de una misma familia, en Beit Hanun, hizo esgrimir al gobierno israelí algunas justificaciones que, sin embargo, sólo le llevaron a crear una comisión de investigación: el ejército se investigaría a sí mismo, esperando que, una vez más, el mundo olvide.

 

¿Qué pretende ahora el gobierno israelí de Ehud Olmert? La aparición de Kadima y la decisión de Sharon, antes de su desaparición de la escena política, de terminar con la ocupación de Gaza, hizo creer a algunas cancillerías que la cuestión palestina podría solucionarse y que Israel colaboraría. Era un espejismo, porque Israel no ha cambiado en lo sustancial su política. El desaparecido escritor palestino Edward Said recordaba, en octubre de 2002, unas declaraciones realizadas aquel verano en una cadena de televisión norteamericana por Uzi Landau, miembro del partido Likud y ministro israelí de Seguridad: Landau había asegurado que hablar de la ocupación israelí en Palestina no tenía sentido, porque, dijo, “somos un pueblo que vuelve a casa”. En esa frase está encerrada la esencia de la política expansionista y racista del Estado de Israel. Eso mismo piensa el gobierno de Olmert.

“La tierra es nuestra”, dicen los judíos sionistas. “Estamos volviendo a casa”. Esa retórica milenarista, a la que la diplomacia británica dio alas en 1917, no ha culminado sus objetivos todavía. La Declaración Balfour intentaba dar satisfacción a las peticiones del movimiento sionista, pero puso las bases para enfrentamientos posteriores entre los habitantes de Palestina y los inmigrantes recién llegados, que aspiraban al hogar nacional judío por el procedimiento de expulsar a quienes vivían allí. Es significativo recordar —aunque los pueblos árabes no lo han olvidado— que Londres lanzó la idea del hogar nacional judío, mientras se preparaba para incumplir todas las promesas que había hecho a los árabes en los años de la Gran Guerra.

Para los fundadores del Estado de Israel y para los distintos gobiernos hebreos que se han sucedido a lo largo del último medio siglo, los palestinos se marcharon de sus tierras, las abandonaron. Hubo intercambio de poblaciones, afirma la propaganda sionista, contumaz a través de décadas de mentiras. Sin embargo, la verdad es otra. La partición de noviembre de 1947, decidida por la ONU, que establecía dos Estados, fue seguida por la declaración de independencia de Israel, en mayo de 1948, que se asentó en el Estado judío dibujado por la ONU y en otros territorios ocupados por la fuerza en los meses anteriores. En 1948 el gobierno israelí llevó a cabo una deliberada política de expulsión de la población palestina, tanto dentro de los límites del Estado judío definido por la ONU como de otros territorios limítrofes adjudicados al Estado palestino, política que tuvo en la matanza de Deir Yasín (en la que participaron Menahem Begin y Yitzak Shamir, que años después serían primeros ministros israelíes) una de sus expresiones más feroces: el 9 de abril de 1948, un mes antes de la proclamación del Estado de Israel, grupos terroristas judíos del Irgún y del Stern asesinaron a 347 personas en esa población. Fue una eficaz operación. Después, otras matanzas se sucedieron por todo el territorio: las tropas israelíes rodeaban las poblaciones palestinas y anunciaban por altavoces que si sus habitantes no las abandonaban volvería a ocurrir “como en Deir Yasín”.



 
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