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Pàgina 3 de 5 Veamos algunas. “El país de los palestinos es Jordania”, dicen los sionistas más radicales, acariciando todavía la idea de crear un Gran Israel, pese a la evidencia histórica de que los árabes palestinos nunca vivieron en Jordania, sino en la Palestina del mandato británico. Otra falacia de su propaganda es la que recuerda que Israel está rodeado de grandes países árabes, pretendiendo así granjearse la simpatía de la opinión pública mundial mostrando a Israel como un pequeño país que tiene que defenderse con uñas y dientes de los gigantes árabes que lo rodean. Nada más lejos de la realidad. Cuatro guerras desde 1947 (en 1948, 1956, 1967 y 1973) muestran que Israel siempre ha sido la mayor potencia militar de Oriente Medio. Todos los países árabes que rodean Israel, juntos, incluso añadiéndoles Irán, tienen un poder militar que no puede compararse al israelí. Que, además, es la única potencia nuclear de la zona. Israel no amenaza a nadie, dice su diplomacia: pero el mundo sabe que ha ocupado territorios en Palestina, Líbano, Egipto, Jordania, y sigue ocupando una parte de Siria y Líbano. Y acaba de destruir casi todas las infraestructuras del Líbano además de causar una matanza entre la población civil que no guarda proporción con el número de soldados israelíes que mató el Hezbolá libanés. Por no hablar de sus incursiones fuera del área, como el ataque a la central nuclear de Osiraq, en Iraq, o las recientes amenazas a Irán. Israel tiene derecho a defenderse, afirma su propaganda, para justificar además la posesión (no reconocida oficialmente) de bombas atómicas y su monopolio nuclear en Oriente Medio, descubierto por el israelí Mordechai Vanunu, que pagó con largos años de cárcel su atrevimiento. Israel, en contraste con Irán, sigue negándose a integrarse en el TNP, sin que —en justa correspondencia con la actuación de las principales potencias occidentales con Irán— se le exija, como se hace con Teherán, que dé cuenta de sus programas atómicos. Israel es una democracia, la única de la zona, se argumenta, como si esa condición pudiera justificar el expolio palestino, y como si la democracia pudiera convivir con la segregación árabe y los privilegios para judíos. Israel sólo acepta como inmigrantes a los judíos. Pero si invertimos los términos, ¿acaso se consideraría como democracia a un país que sólo aceptase al no-judío? De igual forma, la propaganda sionista ha utilizado la corrupción en la OLP (haciendo caso omiso de la corrupción propia, cuyos últimos episodios han salpicado incluso a la familia de Ariel Sharon) para explicar la catástrofe social en los territorios ocupados: la dura vida de los palestinos no sería así fruto de la ocupación israelí y de la deliberada destrucción de la economía de Gaza y Cisjordania, sino de la deshonestidad de la Autoridad Nacional Palestina. La propaganda israelí insiste también, sin rubor, en que Israel defiende la legalidad internacional: sin embargo, no hay un solo país en el planeta que haya incumplido tantas resoluciones de las Naciones Unidas como Israel (más de sesenta), quebrantando las leyes y estableciendo el derecho de la fuerza. No hay que olvidar que Tel-Aviv todavía debe cumplir las resoluciones de la ONU de 1948. Esa propaganda sionista acusa a la izquierda que defiende los derechos palestinos de “histerismo antijudío”, y hasta de inclinación por las dictaduras árabes y la corrupción, lanzando acusaciones de antisemitismo (identificándolo con antijudaísmo) a quienes critican la política de Israel. Hasta en eso mienten. Debe recordarse que los gobiernos israelíes no tuvieron empacho en vender armas a la feroz dictadura de los ayatolás iraníes, o en apoyar a los Gemayel del Líbano, cuyo partido fue creado, en 1936, a imagen y semejanza de los nazis. La propia condena del nazismo (que es radical y justa por parte de Israel, aunque, para acabar de complicar las cosas, encuentra un frente opositor formado por la extrema derecha europea, los nuevos nazis y algunos gobiernos, como el de la dictadura teocrática iraní, que, increíblemente, niega el holocausto y los campos de exterminio nazis) es a menudo expuesta por algunos propagandistas proisraelíes con deliberada confusión, como si la infame solución final ideada por el nazismo tuviese algo que ver con la lucha antisionista de los palestinos, porque los palestinos nunca persiguieron a los judíos: lo hizo la Alemania nazi, y la responsabilidad de Hitler y el nazismo no puede seguir pagándose con la vida y las propiedades palestinas.
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