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Nubes (de muerte) sobre Palestina PDF Imprimir Trametre a un amic
dilluns, 15 gener de 2007

Los eficaces medios de propaganda israelí juegan incluso con la supuesta mala conciencia de los europeos que, dicen, habiéndose olvidado de los judíos en los años del nazismo (acusación inexacta, por otra parte) querrían ahora exorcizar su responsabilidad por el procedimiento de convertirse en acusadores de Israel por la opresión de los palestinos. Es un pobre argumento, que olvida que “los europeos” no son responsables del holocausto, sino los nazis. La deshonestidad del sionismo le lleva hasta a apropiarse de las víctimas de Hitler, en una doble dirección: primero, como si los millones de judíos asesinados por el nazismo le “pertenecieran” (¡) y, segundo, como si hoy, convertidos en cenizas de la historia, su sacrificio justificara la política del Estado de Israel (ignorando además, deliberadamente, que hubo otros muchos millones de víctimas del nazismo: comunistas, socialistas, gitanos, ciudadanos soviéticos, iguales en dignidad a los judíos), y otorgándose la legitimidad moral exclusiva de hablar en nombre de la justicia histórica y en memoria de los sacrificados en los campos de exterminio.

Justificando su política actual con las acciones palestinas, por los misiles artesanales que se revelan como arañazos para Israel, e invirtiendo los términos del conflicto, el gobierno israelí de Olmert exige que, para hablar con los responsables palestinos, el gobierno de Abbas y Haniya reconozca previamente al Estado sionista, y que renuncien a luchar contra la ocupación de su territorio. Es decir: sin que Israel permita la creación y reconozca al Estado palestino resultante, exige la rendición palestina. Porque Israel no sólo sigue incumpliendo sus obligaciones como potencia ocupante en Gaza y Cisjordania, sino que persigue y aterroriza a la población, emulando la política del gobierno alemán en los años de la ocupación nazi en Europa. Es terrible consignarlo, pero el millón y medio de palestinos que viven en la franja de Gaza, están sometidos a un asedio que empieza a parecerse al que padecieron los judíos de los ghettos en la Europa ocupada por Hitler. Y sigue pendiente el retorno de los refugiados palestinos, como reclama la resolución 194 de la ONU: son casi cinco millones, que malviven en campos de refugiados en los países de la zona, como los de Sabra y Chatila en las afueras de Beirut. Como ha puesto de manifiesto su actuación en Líbano, Israel no sólo incumple las leyes internacionales, sino incluso las Convenciones de Ginebra: la destrucción de las infraestructuras libanesas y el bombardeo de la población civil fue una deliberada decisión. La presión continúa: Israel viola con frecuencia el espacio aéreo libanés y sirio, y aterroriza con su aviación a los palestinos, impidiendo incluso el descanso nocturno de los habitantes de Gaza y Cisjordania.

De manera que, quince años después de la Conferencia de Paz de Madrid, Israel sigue incumpliendo todos sus compromisos, y la reciente incorporación de un partido racista (con claros rasgos fascistas) al gobierno israelí, complica la situación: Avigdor Lieberman y su partido, Israel Betenu, postulan incluso la expulsión de todos los palestinos que viven hoy en Israel. El apoyo norteamericano al gobierno sionista, recurriendo incluso a su derecho al veto en la ONU para impedir la condena de Israel, junto con la pasividad de la mayoría de los países árabes y la vergonzosa sumisión de la Unión Europea a Washington, sigue dando alas a una política de hechos consumados que ha sumido a millones de palestinos en la desesperación y la miseria.

Mientras Israel proclama su disposición al diálogo con los palestinos, su actuación desmiente sus palabras: Tel-Aviv no tiene la menor intención de abrir negociaciones de paz, ni piensa aceptar un Estado palestino. El propósito anunciado por Kadima y por Olmert acerca de la “desconexión unilateral” se reduce al intento de anexionarse ilegalmente gran parte del territorio de Cisjordania, con los grandes asentamientos ilegales israelíes, haciendo inviable un Estado palestino, sabiendo que las bases para solucionar el drama que ya dura más de medio siglo siguen siendo las mismas: la creación de un Estado palestino, con su capital en Jerusalén Este, en las fronteras de 1967, y que los refugiados regresen a sus casas y a sus pueblos. Pero Estados Unidos, pese que su diplomacia acepta el principio de un Estado palestino, no fuerza a Israel a abrir negociaciones para ello, y la Unión Europea ensaya un hipócrita ejercicio de ecuanimidad pese a que debería ser consciente del desprecio con que el gobierno israelí acoge las iniciativas de su diplomacia. Bruselas debería poner fin a la colaboración militar con Israel, denunciar la represión sobre los palestinos, congelar el acuerdo entre la Unión Europea e Israel y levantar las injustificadas represalias económicas contra la Autoridad Nacional Palestina. Porque, si de algo sirve la Unión Europea, debe presionar para que Israel respete el derecho internacional, y debe aplicar las sanciones previstas si no lo hace. Israel no puede alegar que es atacado con precarios misiles palestinos para responder destruyendo las casas de la población civil, ni puede bombardear los campos de refugiados, como no puede destruir las infraestructuras de Gaza y Cisjordania, ni tiene derecho a reventar escuelas o ambulatorios. Europa sabe que Israel no tiene ningún derecho a hacerlo.



 
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