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Pàgina 1 de 2 Higinio Polo/Rebelión
La amenaza de un mundo dirigido por una única superpotencia, Estados Unidos de América, está empezando a desaparecer, como si al mundo bipolar de la guerra fría hubiera sucedido apenas un espejismo pasajero. Y desaparece no sólo por la evidencia de que Estados Unidos, aunque mantiene su poder militar global, se revela impotente para forzar al resto de las potencias mundiales a la sumisión, la dependencia o la aceptación resignada del predominio norteamericano en el planeta, sino porque la evolución de las grandes disputas internacionales no está siguiendo el patrón diseñado en Washington. La invasión de Afganistán e Iraq y la existencia de guerras abiertas y de una notable resistencia en esos países son, así, la prueba de la debilidad y no de la fuerza de ese poder global e incontestado que pretendía ser Estados Unidos. También lo son las dudas del gobierno Bush acerca de los pasos a dar en su programado acoso a Irán y Corea del Norte, por no hablar de los crecientes problemas que enfrenta en América Latina. Sin embargo, si esa perspectiva anuncia una organización más justa de las relaciones internacionales, el tránsito a un mundo nuevo, con un nuevo esquema de potencias mundiales, traerá peligrosos conflictos políticos y, probablemente, nuevas guerras. La aparición de diversas iniciativas y organizaciones en Asia y América es un rasgo de esa nueva situación, que empieza a impugnar la hegemonía norteamericana en el mundo. Examinaremos aquí la emergencia de un nuevo foco, en el continente euroasiático, que desafía —aun sin declararlo— al poder estadounidense: la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Creada en 1996, y definida con mayor precisión en 2001, en pocos años la OCS se ha convertido en un contrapeso a Washington. Agrupa a seis países (dos gigantes, Rusia y China, y cuatro de las cinco repúblicas de Asia central: Kazajastán, Kirguizistán, Uzbekistán y Tayikistán), y, además, otros cuatro Estados tienen estatuto de observadores (India, Irán, Pakistán y Mongolia). Si se suman sus fuerzas, la OCS, entre países miembros y observadores, agrupa a la mitad de la población mundial y dispone de la mitad de las reservas de gas y petróleo del planeta. Para Estados Unidos, la OCS era un peligro potencial, que se ha fortalecido. La última reunión de la OCS, celebrada en junio de 2006 en Shanghai, realizada cinco años después de la firma de la Declaración de Shanghai, congregó a once países. Fue un éxito. Se firmó un acuerdo sobre seguridad contra el terrorismo y, sin admitirlo, contra las infiltraciones militares y terroristas contra Estados miembros. Además, el presidente chino, Hu Jintao, propuso la firma de un tratado de amistad y cooperación a largo plazo en el marco de la OCS. La Declaración de Shanghai por la que todos los asistentes se comprometen a garantizar la seguridad, la soberanía y la integridad territorial de los países miembros, ayuda a la estabilización de la zona, que limita en su flanco sur con un escenario de ocupaciones militares y nuevas guerras potenciales: Afganistán, Iraq, Irán y Siria, cierran un arco donde, directamente o en las cercanías, Estados Unidos cuenta con un formidable despliegue militar. Por eso, en Shanghai, se decidió la creación de mecanismos para evitar la aparición de conflictos, y a nadie sorprendió el énfasis puesto en la cooperación para el desarrollo (con el ejemplo chino como espejo donde se miran otros países), frente al caos en que se sumerge Oriente Medio. Se creó también una Asociación Interbancaria, dentro de la OCS, para impulsar la colaboración económica. China necesita nuevos suministros energéticos para asegurar su rápido desarrollo y, tanto Rusia como los países de Asia central, incluso Irán, Pakistán y la India, ven en la locomotora china los signos de una oportunidad estratégica para salir del subdesarrollo que no pueden ignorar. En Shanghai, se constataba que la mera existencia de la OCS, con las cuestiones de seguridad y desarrollo económico como principales preocupaciones, ha creado un nuevo espacio estratégico. De esa forma, los cuatro países de Asia central (todos, menos Turkmenistán), China y Rusia, declaraban la región vital para sus intereses, al tiempo que intentaban tranquilizar diplomáticamente a Estados Unidos… y mientras planificaban el retroceso de la influencia norteamericana en la zona. Vitali Vorobiev, coordinador ruso en la OCS, envió un mensaje a Washington: "La OCS no es una alianza antiamericana", afirmación que no es compartida por la Casa Blanca ni por el Departamento de Estado, y mucho menos por el Pentágono. Vorobiev, como otros dirigentes que acudieron a Shanghai, era consciente de que la organización había empezado a tener influencia internacional. Si bien fue creada en momentos de confusión política, tras el colapso soviético; hoy, la Rusia de Putin apuesta por la OCS como una organización que puede limitar sus pérdidas de espacio estratégico y prevenir la temida implantación norteamericana en su periferia, anunciada como definitiva por los círculos más influyentes del pensamiento estratégico estadounidense. Rusia —que se halla dividida entre la atracción por la Unión Europea y la esperanza de convertir a la CEI en una confederación útil para el mantenimiento de la estatura política rusa y atractiva para las antiguas repúblicas soviéticas, área que considera "de interés vital"— sabe que se juega su futuro como país relevante en el mundo. Pero, mientras la mitad de su comercio exterior se realiza con la Unión Europea, apenas el quince por ciento se hace con los países miembros de la CEI: es una de las consecuencias de la ruptura de los vínculos económicos de la antigua URSS, que sigue sin superarse. También Estados Unidos acusa la nueva situación: mientras constata la importancia de la OCS para limitar su presencia en Asia central, no ha podido evitar que los países de la OCS le hayan dado algo de su propia medicina. Si Washington ha utilizado hasta hoy el señuelo de la "lucha contra el terrorismo" para forzar la ampliación de su despliegue militar en Oriente Medio y en Asia central (recuérdese que sus bases en la zona fueron conseguidas después de los atentados del 11 de septiembre), y para invadir Afganistán e Iraq y amenazar a Irán; ahora, tanto Pekín como Moscú han enarbolado los riesgos terroristas para desarrollar la colaboración militar entre los países de la OCS y para forzar la retirada de Washington de la zona. De hecho, China y Rusia ya habían creado un grupo de intervención contra los grupos terroristas en la región, y contra la delincuencia (tráfico de droga, contrabando de armas, comercio con seres humanos, blanqueo de dinero, etc), aunque los responsables chinos y rusos insisten en que la OCS no tiene intención de convertirse en un bloque militar. Es una de las iniciativas de la política cautelosa de fortalecimiento que ha seguido China hasta el momento, siempre huyendo de la estridencia de enfrentamientos directos, aunque fueran en el terreno diplomático, política que Rusia comparte. Pese a ello, a propuesta rusa, durante 2007 se desarrollarán unas maniobras militares conjuntas de los países de la OCS en la región del Volga y en los Urales (en las que podrían participar unidades militares de intervención rápida e incluso la aviación), y los ministros de Defensa pasarán a reunirse anualmente para examinar los problemas conjuntos. Esa decisión tampoco ha sido del agrado de Estados Unidos. Putin afirmó en Shanghai que es necesario impulsar la relación con los países observadores de la OCS (India, Pakistán, Mongolia e Irán) e, incluso, con Afganistán, e hizo referencia a la incomodidad norteamericana ante las iniciativas de Moscú y Pekín, y ante el hecho de que India y Pakistán participen en la organización. Hu Jintao, el presidente chino, valorando la importancia del momento, calificó la reunión de "éxito absoluto". Por su parte, Singh, el primer ministro indio, no viajó a Shanghai (gesto que algunas fuentes interpretaron como una concesión a Estados Unidos), aunque el ministro de Energía indio, que encabezó la delegación de Delhi, afirmó que su país quiere ser miembro de pleno derecho de la OCS, objetivo que choca con los planes de Estados Unidos para Asia: los estrategas del Pentágono juegan con la idea de un enfrentamiento chino-indio para limitar el ascenso de China. Pero la ampliación de la OCS no es la prioridad de Moscú, que prefiere reforzar la organización antes que pensar en ampliarla. Al tiempo, China quiere estabilizar la zona y desactivar los conflictos históricos: el acuerdo fronterizo con Rusia y las conversaciones con India, que, para contrariedad norteamericana, han mejorado las relaciones entre los dos países más poblados del mundo, son pasos en esa dirección. Además, la creciente colaboración ruso-china se expresa en el acuerdo firmado entre Gasprom, la compañía rusa de gas, y la CNPC, la empresa petrolera china, convenio por el que, en menos de cinco años, China obtendrá casi la mitad del total de las exportaciones rusas de gas siberiano: es decir, China obtendría una cantidad anual de ochenta mil millones de metros cúbicos de gas. De igual forma, la creciente colaboración de China e India en la captación de recursos petrolíferos —la compañía india ONGC Videsh Limited (OVL) y la Corporación Nacional de Petróleo de China (CNPC) han firmado acuerdos en ese sentido— anuncia cambios que afectaran a la estrategia de Washington. Por si fuera poco, Rusia y Kazajastán presentaron en Shanghai una iniciativa para crear un club energético de la OCS en 2007. No en vano, la articulación de la OCS fue desde el principio un intento de bloquear el intento norteamericano de controlar la zona y asegurarse el dominio de las dos grandes regiones petrolíferas del mundo: Oriente Medio y Asia central. Incluso Pakistán, que desconfía del acercamiento norteamericano a la India y teme un cambio de alianzas que acentuaría su relativa soledad, se aproxima a la OCS para prevenir su aislamiento político, hasta el punto de que Islamabad aceptaría el incremento de la colaboración energética con Irán, pese al visible enfado de Estados Unidos. En febrero de 2006, con ocasión de su visita a China, Musharraf solicitaba formalmente el ingreso en la OCS, y, durante la cumbre de Shanghai, el dirigente pakistaní pedía el apoyo ruso para pasar a formar parte de la organización como miembro de pleno derecho. El movimiento es significativo si atendemos a que Pakistán ha sido uno de los más fieles aliados de Washington en Asia, aunque haya mantenido buenas relaciones con Pekín a causa de su tradicional enfrentamiento con la India. Hasta el Afganistán de Karzai, país participante como observador en Shanghai, escuchó las demandas de la OCS en la lucha contra la droga, que sirve para financiar a grupos criminales y a los señores de la guerra. No obstante, la llegada de Karzai, un dictador impuesto por Estados Unidos, a Shanghai, y las presiones para que se integre en la OCS, son vistas por los países miembros como un intento de Washington para acceder al proceso de decisiones de la organización y para establecer una cabeza de puente norteamericana para desactivar su integración y fortalecimiento. De forma significativa, el presidente iraní, Ahmadineyad, puso gran énfasis en impulsar la cooperación entre todos los países de la OCS. Durante su reunión con Putin, el dirigente iraní sugirió la posibilidad de que Rusia e Irán definan conjuntamente su política en relación al gas y colaboren en la fijación mundial de los precios. La visita del presidente iraní fue contestada con dureza por Rice y Rumsfeld, que intentaron presionar a Pekín y Moscú con la hipócrita retórica de la "lucha contra el terrorismo", presiones que fueron rechazadas por China. Washington, que califica a Irán de "país terrorista", teme en realidad la consolidación de un contrapeso a su poder en la zona del Golfo Pérsico y el fracaso de su plan para aislar, y eventualmente controlar, al país de los ayatolás. Incluso Japón observa con detenimiento los movimientos en el área y no renuncia a influir en los acontecimientos. Uno de los últimos actos del primer ministro saliente, Junichiro Koizumi, fue realizar una visita a Kazajastán y Uzbekistán, donde nunca había viajado un dirigente japonés de esa responsabilidad. Objetivos del viaje: asegurar el suministro de energía para la industria nipona y contener a Rusia y China en Asia central, fin estratégico que Japón comparte con Estados Unidos. No acaban aquí las diferencias entre Estados Unidos y la OCS. La importancia que ésta concede a la ONU, contrasta con el desprecio de Washington a la sociedad de naciones, y esa realidad afecta incluso a las complejas maniobras políticas en el seno de la ONU, del Consejo de Seguridad y a la hora de abordar los focos de crisis en el mundo. Sin embargo, las contradicciones entre los distintos países que se reunieron en Shanghai continúan siendo grandes, aunque encuentran un discurso común en el multilateralismo frente a la obsesión hegemonista de Estados Unidos, que no ha renunciado a seguir influyendo en el área. Estados Unidos utiliza a fondo esas contradicciones. Las propuestas del Pentágono para enviar ayuda militar a los países de Asia central son una vía de penetración militar y política: así, Kazajastán ha recibido ayuda norteamericana y Washington ha conseguido firmar un plan de colaboración entre ese país y la OTAN, mientras que en Kirguizistán sigue ocupando la base aérea de Gansi, a cuyo alquiler anual el gobierno kirguizo no quiere renunciar. Gansi (situada junto al aeropuerto de Manas, cuya población se ha manifestado contra la presencia militar estadounidense, y cerca de la frontera afgana) es la única base norteamericana emplazada en los países de la OCS.
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